Yacimiento de Partelapeña

Vasija.

El yacimiento de Partelapeña ocupa una extensión de algo más de 11 hectáreas, de las cuales la mayor parte corresponde al término municipal de El Redal mientras que el resto pertenece a la jurisdicción de Ausejo. Su ubicación sobre un pequeño cerro le permite dominar las tierras bajas de la Comarca de Ocón, dedicadas hoy en día, en su mayor parte, a cultivos de secano, como el olivo, la vid, el almendro y los cereales.

El Yacimiento está flanqueado en su vertiente sudoriental por un antiguo curso de agua que permanece seco la mayor parte de año. Se trata del Barranco de la Madre o de la Almoladera que evacua las aguas procedentes de la Sierra de la Hez y desemboca en el Ebro a la altura de Alcanadre. Precisamente la denominación de Barranco de la Amoladera hace referencia a la abundancia de piedras de molino que se localizan junto al yacimiento.

A pesar de que el conjunto de las excavaciones ha afectado a una parte del yacimiento, los datos presentes nos permiten valorar la importancia del mismo. Durante más de mil años el poblado aglutinó a los antiguos habitantes del valle de Ocón (entre los siglos IX ó X a.C. y los siglos I ó II D.C.)

Los objetos que se han encontrado pertenecen en su mayoría al periodo Romana pero también hay otros más antiguos que pertenecen a fines del Neolítico o al Eneolítico. Principalmente se han encontrado hachas de piedra pulimentada, piezas de sílex, vasijas… Las evidencias recogidas nos hablan sobre las actividades agrícolas que se desarrollaban en el poblado, así dentro de algunas vasijas, desparramados por el suelo de la vivienda aparecieron granos de cereal carbonizados. Por su carácter perecedero no se conservaron fibras textiles, pieles, cestería ni piezas de madera, pero son muy abundantes los restos cerámicos y en menor medida, los metálicos.

Las cabañas más antiguas se asentaban sobre la superficie de un espolón rocoso que permitiría a sus ocupantes controlar los terrenos de cultivo circundantes. Las viviendas tenían planta rectangular y se construían adosadas. Sus paredes se levantaban sobre una base de cantos rodados mediante adobes y entramados de barro y madera. Se trataba, por lo general, de elementos poco resistentes a las inclemencias naturales y a contingencias domésticas, como los incendios, lo que obligaba a continuas remodelaciones en las viviendas.

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